El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
las cabezas de los hambrientos marineros. Cuando se tiene un buen apetito, el olfato per- cibe con especial rapidez cualquier delicioso aroma arrastrado por el viento. -¡Ese humo viene de la cocina! -gritó uno de ellos, levantando la nariz cuanto pudo y aspi- rando el aire con impaciencia-. Y tan seguro como que soy un vagabundo muerto de ham- bre, que huele a carne asada. -¡A cerdo! ¡A cerdo asado! -añadió otro-. ¡Ay, qué delicioso lechoncito! Se me hace la boca agua. -¡Démonos prisa! -exclamaron los demás-, o llegaremos demasiado tarde al banquete. Apenas habían dado media docena de pasos desde la cima del acantilado cuando un her- moso pájaro se les acercó revoloteando. Se trataba de la misma avecilla de alas y cuerpo color púrpura, patas amarillas, cuello dorado y penacho semejante a una corona, cuyo com- portamiento tanto había sorprendido a Ulises.
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