El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
aquí” en la otra. Uno de los hombres lo sostu- vo mientras Ulises y Euríloco hicieron la elec- ción; y fue este último quien leyó las palabras “Dirigirse a palacio”. Así se decidió que Ulises y sus veintidós hombres se quedaran cerca de la nave, mientras el otro grupo averiguaba qué recibimiento podían esperar en aquel miste- rioso palacio. Euríloco decidió partir enseguida con sus vein- tidós compañeros, que iniciaron la expedición embargados de una gran melancolía, dejando a sus compañeros casi tan apenados como ellos. Tan pronto como alcanzaron la cima del acan- tilado, pudieron avistar las altas torres de már- mol del palacio, elevándose hacia el cielo, blancas como la nieve, entre las frondosas sombras verdes de los árboles que las rodea- ban. Al fondo del edificio, la chimenea despe- día una intensa humareda, que ascendía y as- cendía hasta encontrarse con la brisa, que la empujaba en dirección al mar, pasando entre
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