El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Eso es cuestión de gustos -repuso el rey Uli- ses-, ni una buena dieta para engordar, ni la más exquisita de las recetas, me reconciliaría con la idea de que me coman. Así pues, pro- pongo que nos dividamos en dos grupos y echemos a suertes cuál de ellos acudirá al pa- lacio para pedir ayuda. Si salimos airosos de nuestra empresa, tanto mejor. Pero, si sus ha- bitantes demuestran ser tan poco hospitala- rios como Polifemo o los lestrígones, solo ha- bremos perecido la mitad, y el resto podrá es- capar en nuestra nave. Como nadie puso ninguna objeción a este plan, Ulises empezó a contar a todos los pre- sentes, comprobando que, con él, había cua- renta y seis hombres. Entonces separó a vein- tidós de ellos, y les puso como jefe a Euríloco (que era uno de sus principales oficiales, y el que le seguía en astucia). El propio Ulises se puso a la cabeza del segundo grupo de veinti- dós hombres. Quitándose el yelmo, introdujo en él dos conchas, después de escribir “Dirigir- se a palacio” en una de ellas y “Quedarse

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