El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

comió a dos de nuestros camaradas para cenar, a otros dos para desayunar y, nueva- mente, a otros dos para cenar, en lugar de la leche que tomaba habitualmente? Es como si aún estuviera viendo a aquel espantoso mons- truo, observándonos con su enorme ojo enro- jecido en el centro de la frente, y eligiendo a los más rollizos. Y hace escasos días, ¿no caí- mos en las garras del rey de los lestrígones y de sus súbditos, esos horribles gigantes que devoraron a más miembros de nuestra expedi- ción de los que ahora quedamos vivos? Si nos acercamos a ese lejano palacio, tengo la segu- ridad de que terminaremos en la mesa del co- medor; pues si vamos a sentarnos allí como in- vitados o a servir de alimento a sus dueños es algo que debemos considerar con el mayor cuidado. -En cualquier caso -gruñó uno de los más ham- brientos de la tripulación-, será mejor que morir de hambre; sobre todo sabiendo que nos cebarán bien antes de echarnos a la ca- zuela.

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