El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

ran que este volviera a subir hasta el acantila- do y regresara con otro grueso venado sobre sus hombros. Sin embargo, en lugar de echar a andar, Ulises reunió a toda la tripulación para decirles que estaban muy equivocados si creían que él iba a salir todos los días a matar un ciervo para su cena, y que debían idear otro modo de saciar su apetito. -Pues bien -afirmó-, ayer, mientras estaba en lo alto del acantilado, descubrí que la isla está habitada. A una distancia considerable de la costa, hay un gran palacio de mármol, y de su chimenea sale una enorme humareda. -¡Ajá! -exclamaron algunos de sus compañe- ros, haciendo un chasquido con la lengua-. Esa humareda debe venir de la cocina. Seguro que ayer estaban preparando una gran cena; segu- ro que la de hoy será igual de suculenta. -Sin embargo -continuó diciendo el astuto Uli- ses-, debéis recordar, queridos amigos, todos los peligros que corrimos en la cueva de Poli- femo, el cíclope de un solo ojo. ¿Acaso no se

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