El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
vida; pues los seguidores de Ulises, y es impor- tante que no lo olvidéis, eran terriblemente glotones, y no hacían sino refunfuñar cuando no podían comer cuantas veces al día lo desearan. Sus provisiones estaban a punto de agotarse, e incluso el marisco empezó a esca- sear; llegó así el momento de decidir si prefe- rían morir de hambre o aventurarse a explorar el interior de la isla, donde quizá algún dragón de tres cabezas u otro espantoso monstruo tu- vieran su guarida. En aquellos lejanos tiempos esas deformes criaturas eran muy abundantes, y nadie emprendía un viaje por tierra o por mar sin saber que corría el riesgo de ser devo- rado por alguna de ellas. Pero el rey Ulises era un hombre audaz a la par que prudente. Así pues, en cuanto amane- ció el tercer día, decidió averiguar dónde se hallaban, y qué posibilidades había de conse- guir alimentos para sus hambrientos compa- ñeros. Con una lanza en la mano, escaló hasta la cima del acantilado y empezó a otear los al- rededores. A una gran distancia, en el centro
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