El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
a gran parte de sus compañeros y hundieron todas las naves, excepto aquella en la que él viajaba, arrojando enormes rocas desde los acantilados. Después de correr tantas aventuras, es fácil imaginar la alegría que sintió Ulises al fondear su zarandeado barco en una tranquila ensena- da de la frondosa isla de la que ya os he habla- do al comienzo de esta historia. Sin embargo, había tropezado con tantos gigantes, cíclopes de un solo ojo y variados monstruos terrestres y marinos que no podía evitar sentir algún temor, incluso en aquel ameno y aparente- mente solitario lugar. Por esta razón, durante dos días, los pobres y agotados viajeros no sa- lieron de la nave o exploraron con sigilo las rocas que bordeaban la costa; y, para subsistir, desenterraron mariscos en la orilla y buscaron pequeños riachuelos de agua dulce que baja- ran hacia el mar. Pero, antes de terminar el segundo día, los hombres empezaron a cansarse de aquella
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