El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
las que nunca habían navegado ni él ni sus ma- rineros. Esta desgracia se debió a la necia cu- riosidad de sus compañeros de a bordo, que, mientras Ulises dormía, habían desatado unas pesadas bolsas de cuero en las que creían que estaba escondido un valioso tesoro. Sin em- bargo, en cada una de aquellas voluminosas bolsas, el rey Eolo, soberano de los vientos, había encerrado una tempestad y, con el fin de asegurarle una feliz travesía de vuelta a Ítaca, se las había entregado a Ulises para que las custodiara. Cuando los hombres las desata- ron, salieron de ellas ráfagas de enorme vio- lencia, semejantes al aire de una vejiga cuan- do esta revienta, tornando el mar blanco de espuma y dispersando las naves por todo el mar. En cuanto Ulises logró ponerse a salvo, un pe- ligro aún mayor se interpuso en su camino. Empujado por el fuerte viento, alcanzó la costa de un lugar que, como más tarde supo, recibía el nombre de Lestrigonia; y fue allí donde unos gigantescos monstruos devoraron
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