El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
en tono autoritario, con el fin de que com- prendieran que él era el único jefe y nunca de- bían desobedecer sus mandatos. Y trabajaron con tanta diligencia que en muy poco tiempo empezó a vislumbrarse una ciudad. Es cierto que al principio los hombres se mostraban bastante pendencieros y, de no haber sido por Cadmo, no hay duda de que habrían peleado como bestias salvajes; pues el joven príncipe, en cuanto percibía un brillo cruel en sus mira- das, aplacaba la ira de la vieja serpiente que aún anidaba en sus corazones. Y, con el tiem- po, aquellos feroces soldados se acostumbra- ron al trabajo honrado y tuvieron suficiente in- teligencia para comprender que era mucho mejor vivir en paz y ayudar a los demás que pasar la vida guerreando. ¡Ojalá toda la huma- nidad se volviera tan pacífica y sensata como aquellos cinco enemigos que surgieron cubier- tos de tierra de los dientes de un dragón! Y, una vez que la ciudad estuvo construida, cada uno de los hombres eligió su morada; y solo quedaba por edificar el palacio de Cadmo,
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