El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

cha o una zanahoria recién salidas de la huer- ta. El joven príncipe no sabía si eran hombres o una insólita variedad de hortalizas, aunque llegó a la conclusión de que debía tratarse de seres humanos, pues mostraban gran apego a las trompetas y a las armas, y parecían siem- pre dispuestos a derramar más sangre. Los guerreros esperaban impacientes sus pala- bras, y era evidente que lo único que desea- ban era seguirle de un campo de batalla a otro. Pero Cadmo era mucho más juicioso que aquellas criaturas surgidas de la tierra, en cuyas entrañas latía la fiereza del dragón, y sabía que todo aquel vigor podía utilizarse con mejores fines. -¡Venid conmigo! -les dijo-. Vuestra fuerza os servirá para ayudar a los demás. Con todas esas piedras levantaremos una gran ciudad. Los cinco guerreros refunfuñaron un poco, murmurando que habían nacido para destruir ciudades, no para construirlas. Pero Cadmo pareció fulminarles con su mirada y les habló

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx