El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
blandir sus armas, golpeando unas contra otras, como si estuvieran convencidos de que, a pesar del poco tiempo que llevaban vivos, habían malgastado una parte de su existencia sin batallar. Cada uno de los dientes del dra- gón había engendrado a uno de estos hijos del mal y de la muerte. Asimismo, hicieron su aparición un gran nú- mero de hombres con los clarines; y, con su primer aliento vital, llevaron los instrumentos de bronce a sus labios, dejando oír un ensor- decedor estrépito. Y fue así como en aquel pa- raje, hasta entonces tranquilo y solitario, reso- nó el estruendo de las armas, el clarín de las trompetas incitando a la lucha y los furiosos gritos de los soldados. Y la cólera de estos era tan grande que Cadmo temió que pudieran convertir el mundo entero en un campo de ba- talla. ¡Qué afortunado sería aquel gran con- quistador que encontrara en su camino tantos dientes de dragón para sembrar! -Cadmo -exclamó de nuevo la extraña voz-.
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