El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
poco creo que resultara nada fácil arrancar aquellos colmillos profundamente enraizados en las fauces del dragón muerto. Pero Cadmo tiró de ellos con todas sus fuerzas y, después de aplastar la cabeza del monstruo con una enorme piedra, consiguió recoger una gran cantidad de piezas. Y ahora debía plantarlas. También aquello estaba lleno de dificultades, especialmente porque el joven había quedado extenuado tras matar al dragón y aplastarle la cabeza; además, lo único que tenía para cavar la tierra era su espada. Finalmente, sin embargo, logró arar un te- rreno suficientemente extenso y sembró aquella nueva semilla (aunque lo cierto es que tenía tantos dientes que tuvo que dejar la mitad para otro día). Cadmo, casi sin aliento, se apoyó en su espa- da, preguntándose qué ocurriría a continua- ción. Y apenas habían transcurrido unos ins- tantes, cuando apareció ante sus ojos una de las mayores maravillas del mundo.
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