El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
poca vida que habría sido incapaz de hacerle daño a un niño. Pero ¿acaso pensáis que Cadmo no sintió un intenso dolor al ver la triste suerte que habían corrido sus pobres compañeros tras haber perseguido juntos a la vaca pinta? Parecía como si estuviera condenado a perder a quie- nes más amaba, o a verlos morir ante sus ojos. Y, después de tantas penalidades, se encontra- ba en aquel lugar solitario, sin un solo amigo que le ayudara a construir su cabaña. -¿Qué voy a hacer ahora? -gritó con desespe- ración-. Habría sido mucho mejor que me de- vorara el dragón como a mis desgraciados compañeros. -Cadmo -dijo una extraña voz, que el joven no supo distinguir si venía del cielo, de las profun- didades de la tierra o de su propio interior-. Cadmo, arranca los dientes del dragón y plán- talos en la tierra. Aquella era una orden realmente insólita; tam-
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