El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-¡Albricias! ¡Albricias! -gritó dando palmadas-. La vaca pinta parece estar a punto de tumbar- se. Todos volvieron sus ojos hacia ella; en efecto, se había detenido y miraba plácidamente a su alrededor, como suelen hacer las vacas antes de tenderse en la hierba. Y empezó a recostar- se con parsimonia, doblando en primer lugar las patas delanteras y, seguidamente, las tra- seras. Cuando Cadmo y sus compañeros llega- ron hasta ella, los miró con indiferencia sin dejar de rumiar; como si aquel fuera el lugar que había estado buscando y no hubiera nada extraño en aquel episodio. -Aquí construiré mi hogar -afirmó Cadmo, ad- mirando el paisaje. Era una hermosa y fértil llanura con árboles centenarios, que arrojaban su fresca sombra sobre la pradera, y estaba rodeada de suaves colinas que la protegían del azote de los vien- tos. A escasa distancia, vieron un río que bri- llaba bajo la luz del sol.

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