El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

cir de vuelta a la dehesa al animal extraviado. Mas no divisó ninguna lechera ni ningún va- quero; y el príncipe siguió tras ella hasta que a punto estuvo de caer al suelo extenuado. -¿Acaso no piensas detenerte nunca, vaca pinta? -le gritó con desesperación. Estaba resuelto a no perderla de vista; no tenía la menor intención de quedarse rezaga- do por muy largo que fuera el camino y por muy grande que fuera su fatiga. Sin duda había algo en aquel rumiante que pa- recía hechizar a la gente, pues todos los que se cruzaban con ellos sentían la necesidad de unirse a Cadmo. El joven príncipe contó a aquella buena gente sus aventuras: cómo había dejado al rey Agenor en su palacio, a Fénix en un lugar y a Cílix en otro, cómo se había despedido del buen Taso y cómo había enterrado a su amada madre, la reina Telefa- sa, bajo un hermoso manto de hierba florida; por ello, ahora se encontraba solo, sin hogar y sin amigos.

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