El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
quilo que tan bien se acomodaba tanto a ella como al joven príncipe. “Empiezo a creer que esta puede ser la vaca que me anunció el oráculo -pensó Cadmo-. Su- pongo que no tardará en echarse a descan- sar”. Pues no parecía lógico que aquel animal, fuera o no el vaticinado por los dioses, estuviera dis- puesto a prolongar su paseo. Por ello, cada vez que llegaban a un lugar especialmente hermo- so, una ladera por la que corría la brisa, un pe- queño valle protegido de los vientos, un prado florido, la orilla de un apacible lago, la ribera de un riachuelo cristalino, el joven miraba im- paciente por todas partes, para comprobar si era un buen lugar para establecerse. Pero, le gustara o no, la vaca jamás parecía tener de- seos de descansar. Continuó avanzando con la misma parsimonia que si se dirigiera de regre- so a su establo; y Cadmo esperaba ver apare- cer en cualquier momento a una lechera con un cubo o a un vaquero corriendo para condu-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx