El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

deteniéndose con frecuencia a arrancar un bo- cado de hierba. Cadmo marchaba silbando tras ella, sin prestar la menor atención a sus movimientos, hasta que, de pronto, tuvo la co- razonada de que aquel podía ser el animal que, según el oráculo, debía servirle de guía. Pero esta idea tan absurda le hizo sonreír. Era imposible que fuera aquella vaca, pues se comportaba como cualquier otro animal de su especie, con sus pausados andares. Parecía ig- norar quién era Cadmo, y sin duda este le im- portaba mucho menos que una brizna de heno. Era evidente que solo le preocupaba en- contrar el pasto más verde y tierno, y quizá es- tuviera volviendo al establo para que la orde- ñaran. -¡Vaca, vaca, vaca! -gritó Cadmo-. ¡Espera, vaca pinta! ¡Detente! Quería acercarse y examinarla con más cuida- do para asegurarse de que no le reconocía, comprobando, asimismo, si existía en ella al- guna particularidad que la diferenciara de las

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