El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-. Me marcho a un mundo mejor y, antes o después, sé que encontraré en él a mi hija. No quiero entristeceros, pequeños oyentes, con la muerte y el entierro de Telefasa; solo os diré que su sonrisa se volvió aún más lumino- sa, por lo que Cadmo tuvo la seguridad de que nada más llegar al otro mundo se había encon- trado con Europa entre sus brazos. Y plantó unas flores junto a la tumba, para que embe- llecieran aquel apartado rincón cuando él es- tuviera lejos. Habiendo cumplido con su deber, partió to- mando el camino que llevaba al oráculo de Delfos, tal como Telefasa le había aconsejado. Y continuó preguntando a todos aquellos con los que se cruzaba si habían visto a Europa, pues, a decir verdad, estaba tan acostumbra- do a hacerlo que las palabras parecían salir solas de sus labios (como a nosotros cuando hablamos del tiempo). Y obtuvo las más varia- das respuestas. Unos le decían una cosa y otros, lo contrario. Un marinero le contó que

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