El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
más lentamente que nunca. Al llegar a un pa- raje solitario, explicó a su hijo que necesitaba tenderse en la hierba y descansar un buen rato. -¡Descansar un buen rato, hijo mío! -repitió, mirando con ternura el semblante de Cadmo. -Reposa todo lo que quieras, querida madre - repuso el joven. Telefasa le rogó que se sentara a su lado sobre la hierba y cogió una de sus manos. -Hijo mío -exclamó mirándole triste y amoro- samente-, mi reposo será muy largo y no debes esperar a que llegue a su fin. ¿Acaso no comprendes mis palabras? En este lugar cavarás mi sepultura, pues es aquí donde mis agotados huesos encontrarán descanso. Mi peregrinaje ha terminado. Cadmo rompió en sollozos y durante mucho tiempo se negó a creer que la muerte pudiera arrebatarle a su querida madre. Pero Telefasa
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