El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

los ojos de todos los desconocidos a los que preguntaba por su hija se llenaban de lágrimas al oír su triste voz. -¿Habéis visto a una niña… no, no, a una triste doncella, montando a lomos de un toro blanco como la nieve que galopa tan veloz como el viento? -Jamás hemos visto maravilla semejante -con- testaba la gente. Y a menudo susurraban al oído de Cadmo: -Esa mujer de aspecto triste y majestuoso, ¿acaso es tu madre? Pues no parece estar en su sano juicio; deberías llevarla a casa e insta- larla confortablemente para que olvidara ese sueño que tanto la obsesiona. -No se trata de un sueño -respondía el joven-. Es lo único real, todo lo demás son fantasías. Pero un día Telefasa se mostró más fatigada de lo habitual y apoyó todo el peso de su cuer- po en el brazo de Cadmo, mientras caminaba

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