El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

por un serio embajador y una escolta de intré- pidos y valientes jóvenes, que debían visitar los principales reinos de la tierra, preguntando si habían visto pasar por allí a una joven don- cella, galopando veloz como el viento sobre un toro blanco como la nieve. Pues no cabe duda de que Cílix siempre se culpó por haber aban- donado la búsqueda de Europa. Y no puedo sino entristecerme al pensar en Telefasa, Cadmo y el buen Taso, vagando por el mundo sin descanso. Los dos jóvenes hacían cuanto podían por ayudar a la pobre reina en los terrenos más escarpados, llevándola en sus leales brazos al cruzar los riachuelos y buscan- do siempre un lugar donde poder cobijarla al anochecer, aunque ellos se vieran obligados a dormir a la intemperie. Era doloroso oírles preguntar a todos aquellos con quienes se cru- zaban si habían visto a la pequeña, tanto tiem- po después de su desaparición. Y, a pesar de que fueron muchos los grises años que se in- terpusieron entre ellos (tantos que llegaron in- cluso a borrar de su memoria el rostro de la

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