El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

aunque la pobre reina estaba tan fatigada que apenas tenía fuerzas para andar-. ¡No, no lo haré! En el fondo de mi alma, la pequeña Eu- ropa es aún aquella chiquilla sonrosada que salió a coger flores hace mucho tiempo. No se ha convertido en una mujer ni me ha olvidado. De día y de noche, mientras vago por los cami- nos o me siento a descansar, oigo su voz infan- til llamándome: “¡Madre! ¡Madre!”. Quedaos aquí si así lo deseáis, pero para mí no habrá reposo. -Ni para mí -aseguró Cadmo-, mientras mi querida madre quiera seguir adelante. Y también el fiel Taso estaba resuelto a acom- pañarles. Sin embargo, se quedaron unos días con Cílix y le ayudaron a construir su rústica vi- vienda, muy semejante a la que habían cons- truido para Fénix. Al despedirse, el joven estalló en sollozos y dijo a su madre que le parecía tan triste que- darse allí solo como continuar errando por el mundo. De modo que, si ella creía que termi-

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