El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

mentar especialmente a Cílix. Finalmente, una mañana, cuando se disponían a coger sus ca- yados para partir, Cílix se dirigió a ellos dicien- do: -Amada madre, mi buen hermano Cadmo y Taso, fiel amigo, siento como si viviéramos en un sueño. Nuestra existencia carece de senti- do. Ha pasado tanto tiempo desde que el toro blanco se llevó a la pequeña Europa que ape- nas recuerdo su rostro y el tono de su voz e in- cluso empiezo a dudar de que algún día exis- tiera tan hermosa niña. Mas, si es cierto que habitó entre nosotros, tengo el convencimien- to de que perdió la vida hace muchos años, por lo que resulta inútil seguir malgastando nuestra felicidad buscándola. Además, si algún día la encontráramos, se habría convertido en una mujer y nos miraría como a extraños. Para seros sincero, he decidido establecerme en este lugar; os ruego, madre, hermano y amigo, que sigáis mi ejemplo. -¡Yo no lo haré! -dijo Telefasa con firmeza,

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