El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

rría sangre azul, lo habían elegido su sobe- rano. Y el primer decreto que el nuevo rey promulgó ordenaba que si llegaba al reino una doncella montada sobre un toro blanco como la nieve y afirmaba llamarse Europa, todos los súbditos debían atenderla con amabilidad y respeto, llevándola enseguida a su presencia. Lo cual nos muestra los remordimientos que aún sentía por haber abandonado la búsqueda de su muy amada hermana, instalándose có- modamente en aquel palacio, mientras su madre y sus hermanos seguían vagando por el mundo. Y no podéis imaginaros con cuánta frecuencia Telefasa, Cadmo, Cílix y Taso recordaban, tras un día agotador, el bello lugar donde habían dejado a Fénix. Era realmente triste para aquellos vagabundos pensar que, en cuanto amaneciera, debían seguir caminando; pues en el fondo de su alma sabían que, muchos días después, no estarían más cerca del final de su peregrinaje. Estos pensamientos a veces les abrumaban de melancolía, y parecían ator-

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