El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

mos malgastando nuestra vida yendo sin rumbo fijo; y no tenemos siquiera un hogar donde cobijarnos al caer la noche. Nuestra hermana se perdió y nunca volveremos a en- contrarla. Es probable que pereciera ahogada en el mar; y, si alcanzó alguna orilla, ha pasado tanto tiempo, que nunca nos reconoceríamos ni podríamos querernos como antes. Mi padre nos prohibió regresar a palacio. Yo me haré una cabaña con esos troncos y viviré aquí. -Está bien, hijo mío -dijo Telefasa sumamente apenada-. Te has convertido en un hombre y debes hacer lo que creas más conveniente. Yo, por mi parte, seguiré buscando a mi pobre niña. -¡Nosotros tres iremos contigo! -exclamaron Cadmo, Cílix y su fiel amigo Taso. Pero, antes de partir, todos ayudaron a cons- truir la morada de Fénix, que, una vez termi- nada, les admiró por su rústico encanto, con aquel tejado de ramas floridas. En su interior, había dos alegres habitaciones. Una de ellas

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