El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

para defenderse de los peligros del camino. En época de cosecha, cuando los labradores que los acogían hospitalariamente en sus granjas necesitaban ayuda, ellos se la prestaban con agrado; y la reina Telefasa (cuyo único trabajo en palacio había sido trenzar hilos de seda e hilos de oro) iba tras ellos, atando gavillas. Si les ofrecían algún pago, lo rechazaban mo- viendo la cabeza, y solo preguntaban si tenían noticias de la pequeña Europa. -Hay muchos toros en mis pastizales -les res- pondían los viejos granjeros-, pero nunca he oído hablar de uno así. ¡Tan blanco como la nieve y con una pequeña princesa en el lomo! ¡Ja, ja, ja! Les ruego que me disculpen, amigos; pero nunca se ha visto nada semejante por estas tierras. Pero llegó un día en que Fénix se cansó de via- jar de un lado para otro inútilmente y, al atra- vesar un hermoso y solitario paraje, se sentó en un rincón cubierto de musgo. -No puedo continuar -afirmó el joven-. Esta-

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