El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
en harapos. Sucios y andrajosos de tanto cami- nar, sus zapatos habrían acumulado el polvo de un sinfín de reinos de no haber sido por el agua de los muchos ríos que vadearon. Cuan- do llevaban un año de peregrinaje, Telefasa se deshizo de la corona, afirmando que el roce le hería en la frente. -Me ha dado demasiados dolores de cabeza - añadió la pobre reina- y no puede curar el su- frimiento de mi alma. Y, en cuanto sus magníficos atavíos estuvieron hechos jirones, los cambiaron por la humilde ropa que llevaba la gente sencilla. Su aspecto se fue volviendo cada vez más desaliñado y montaraz, por lo que no sería de extrañar que los tomaran por una familia de gitanos, en lugar de por una reina, tres príncipes y un joven noble, que en otros tiempos habían ha- bitado un palacio atendidos por un séquito de criados. Los muchachos crecieron hasta con- vertirse en cuatro esbeltos jóvenes de rostro bronceado. Y los cuatro se ciñeron una espada
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