El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

reina Telefasa, llorando amargamente-. Esa es otra de las razones por las que quiero acompa- ñaros. Si también os perdiera a vosotros, ¿qué sería de mí? -¡Dejad que os sirva de escolta! -gritó Taso, su compañero de juegos. El muchacho era hijo de un marinero que vivía muy cerca de palacio y se había convertido en el mejor amigo de los jóvenes príncipes, pues se había criado con ellos y sentía un profundo amor por Europa; por eso estuvieron todos de acuerdo en que les ayudara. Cadmo, Fénix, Cílix y Taso rodearon a la reina Telefasa, cogi- dos de sus faldas, y le rogaron que se apoyara sobre sus hombros siempre que estuviese fati- gada. Y así fue como bajaron todos las escaleras e iniciaron un viaje que resultaría mucho más largo de lo que nunca imaginaron. La última vez que vieron al rey Agenor, este desde la puerta, acompañado de un criado que llevaba una enorme antorcha, les gritó en medio de la

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