El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
llas sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo al brazo: figura que parecía hecha de valor, fuego y luz glorio- sa. Pero, en cuanto el yelmo se apoyó en su frente blanca, ¡nada se vio ya de Perseo! ¡Nada, sino el aire vacío! ¡Hasta el yelmo que lo cubría haciéndole invisible se había desva- necido! -¿Dónde estás, Perseo? -preguntó Azogue. -Aquí -respondió Perseo tranquilamente, aun- que su voz parecía salir de la transparente at- mósfera-. Donde estaba ahora mismo. ¿No me ves? -No te veo, no -respondió su amigo-. Estás oculto por el yelmo. Y, si yo no te veo, tampo- co te verán las gorgonas. Sígueme y probare- mos tu destreza con las sandalias con alas. Con estas palabras, el gorro de Azogue abrió las alas, como si la cabeza fuese a salir volando separándose de los hombros; pero todo su cuerpo se levantó en el aire y Perseo lo siguió.
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