El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

su lado. Cuando Perseo se hubo calzado las dos sanda- lias maravillosas, se sintió demasiado ligero para andar por la tierra. Dio un paso o dos y - ¡oh, maravilla!- se levantó en el aire muy por encima de la cabeza de Azogue y de las ninfas, y le costó mucho trabajo bajar de nuevo. Las sandalias con alas y todas las cosas así resultan muy difíciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se echó a reír de la involuntaria ligereza de su compañero y le dijo que no cabía apresurarse tanto, porque aún tenían que aguardar a que les trajesen el yelmo de la invisibilidad. Las amables ninfas sostenían el yelmo con su hermoso penacho de plumas ondulantes dis- puestas a ponérselo a Perseo en la cabeza. Y entonces sucedió el incidente más maravilloso de todos los que os vengo contando. Un mo- mento antes de que le pusieran el yelmo, ahí teníamos a Perseo, joven, de buena presencia, con su ensortijada cabellera rubia y sus meji-

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