El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

pradera y sus risas podrían oírse hasta en el palacio del rey Agenor. “Creo que voy a subirme”, se dijo. Y ¿por qué no? La pequeña miró a su alrede- dor y vislumbró en la lejanía a Cadmo, Fénix y Cílix persiguiendo a la mariposa. El medio más rápido de ir a buscarlos sería, sin duda, montar a lomos del toro blanco. Así pues, dio unos pasos hacia él; y fue tanta la dicha del toro al ver acercarse a la pequeña (pues era singular- mente sociable) que esta no pudo sino olvidar todos sus recelos. Dando un salto (aquella pe- queña princesa era tan ágil como una ardilla), se sentó encima del hermoso toro, agarrándo- se a ambos cuernos para evitar caerse. -¡Tranquilo, torito, tranquilo! -exclamó bastan- te asustada de su temeridad-. ¡No galopes muy deprisa! Cuando estuvo montada, el animal se elevó por los aires para luego descender como una pluma, y, así, Europa nunca supo si volaba o

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