El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

dar grandes saltos. Se acercó corriendo e incli- nó su cabeza ante Europa, como si supiera que se trataba de la hija de un rey o reconociera una gran verdad: que toda niña es una reina para los demás. Y se arrodilló a los pies de la pequeña, subiendo y bajando la cabeza, mos- trando tanta inteligencia que Europa com- prendió lo que el animal quería comunicarle con la misma claridad que si lo hubiera expre- sado con palabras. -Ven, querida niña -parecía querer decir-. Te llevaré a dar un paseo. Cuando esta idea cruzó por su pensamiento, Europa retrocedió asustada. Pero pronto se dio cuenta de que no había el menor peligro en dar una pequeña vuelta sobre aquel dócil y afable animal, que le permitiría bajarse en cuanto se lo pidiera. ¡Qué cara de sorpresa pondrían sus hermanos cuando la vieran montando aquel hermoso toro! ¡Cuánto se divertirían turnándose para galopar o subiéndose todos juntos sobre tan mansa criatura! Irían a gran velocidad por la

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