El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
aquella pradera, y jamás habían visto en las cercanías ganado ni ninguna otra criatura viva. -¡Hermano Cadmo! -gimoteó la pequeña, po- niéndose en pie de un salto entre las rosas y los lirios-. Fénix, Cílix, ¿dónde estáis? ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Venid a ahuyentar a este toro! Pero sus hermanos estaban demasiado lejos y no la oían; pues el miedo parecía haberle arre- batado la voz y le impedía gritar con todas sus fuerzas. Así se quedó, pues, con la boca abier- ta, tan pálida como los blancos lirios que, en- trelazados con otras flores, adornaban sus guirnaldas. Sin embargo, fue lo inesperado de la apari- ción, y no el aspecto del toro, lo que originó en ella tanta alarma. Al mirarlo con mayor de- tenimiento, empezó a darse cuenta de que era un hermoso animal, y creyó adivinar una ex- presión amable en su mirada. Y era tal la fra- gancia de su aliento (ya sabéis que este es siempre dulce en el ganado) como si los capu- llos de rosa o las más delicadas flores del tré-
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