El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
de la niña, que estaba sentada sobre la hierba. Y había tantos capullos y pétalos sobre ella que solo podía verse su alegre y sonrosada ca- rita, que, como decía Cadmo, era la más her- mosa de las flores. Justo en aquel momento, apareció una magní- fica mariposa revoloteando; y Cadmo, Fénix y Cílix se apresuraron a ir tras ella, gritando que no era sino una flor con alas. Europa, algo can- sada de jugar todo el día, prefirió continuar sentada donde sus hermanos la habían deja- do, y cerró los ojos. Durante algún tiempo es- cuchó el apacible murmullo de las olas, que parecían pedir silencio e invitarle a conciliar el sueño. Pero la hermosa niña apenas había te- nido tiempo de adormecerse cuando oyó un fuerte ruido de pisadas sobre la hierba; y aso- mando su cabeza entre las flores, contempló a muy corta distancia un toro blanco como la nieve. ¿Y de dónde había salido? Europa y sus her- manos llevaban mucho tiempo jugando en
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