El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
nuestras fuerzas en este mismo instante. A Hércules le hicieron tanta gracia las altiso- nantes palabras y los aguerridos gestos del pigmeo que prorrumpió en sonoras carcaja- das, y a punto estuvo aquella pobre e insignifi- cante criatura de caerse de la palma de su mano, por las convulsiones que ocasionó su ataque de risa. -¡Juro por mi honor que creía haber visto todos los prodigios! -exclamó-. Hidras de nueve cabezas, ciervos con astas do- radas, hombres de seis piernas, perros de tres cabezas, gigantes con hornos en sus estóma- gos, y quién sabe cuántas cosas más. Sin em- bargo, aquí, en la palma de mi mano, tengo algo que supera todas las maravillas. Tu cuer- po, amiguito, tiene el tamaño del dedo de un hombre. Así que dime, ¿cuánto mide tu alma? -¡Tanto como la tuya! -repuso el pigmeo. Hércules se conmovió ante la audacia de aquella minúscula criatura y no pudo evitar
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