El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Tras celebrar un consejo, los capitanes orde- naron a sus tropas recoger palos, paja, hierba- jos secos y todo lo que encontraran y pudiera servir de combustible, y los amontonaran alre- dedor de la cabeza de Hércules. Como el nú- mero de pigmeos empleados en esta tarea era tan elevado, pronto dispusieron de una gran cantidad de material inflamable que, una vez apilado, alcanzó una asombrosa altura; así, cuando los pigmeos subían a su cima, alcanza- ban la altura del rostro del mismísimo Hércu- les. Entretanto, los guerreros se colocaron a tiro de arco, con orden de disparar apenas Hércu- les se moviera. Cuando todo estuvo prepara- do, acercaron una tea encendida al montículo, que no tardó en empezar a arder; y Hércules habría perecido asado de no haberse puesto en pie. Ya sabéis que un pigmeo, a pesar de su diminuto tamaño, puede incendiar el mundo entero con la misma facilidad que un gigante; por eso, sin duda era este el mejor método para enfrentarse a su enemigo, siempre que
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