El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
mediato a su rival. Así pues, todos los hombres en edad de luchar cogieron sus armas y se dirigieron con valentía hacia Hércules, que continuaba profundamen- te dormido, sin imaginar la venganza que los pigmeos tramaban contra él. Un grupo de veinte mil arqueros marchaba a la cabeza del ejército, con sus diminutos arcos bien tensa- dos y las flechas preparadas para el ataque. Un número semejante de guerreros debía tre- par por el cuerpo de Hércules; unos tenían la orden de sacarle los ojos con sus palas, mien- tras que otros debían llevar gavillas de heno y desperdicios para taponarle la boca y los orifi- cios nasales, a fin de que pereciera asfixiado. Pero estos últimos fueron incapaces de reali- zar la tarea que se les había encomendado, pues el aire que Hércules respiraba salía a tra- vés de sus orificios nasales con la misma vio- lencia que un huracán y, tan pronto como se acercaban a él, los pigmeos salían volando por los aires. Por ello, se hizo necesario recurrir a otra táctica para poder continuar la guerra.
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