El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
ción de Hércules. Pero no porque se pusiera en duda que aquel valiente paladín pudiera derrotarle con su espada, sino porque fue de- clarado enemigo público y todos querían com- partir la gloria de su derrota. Asimismo, se ce- lebró un debate para discutir si el honor de la patria no exigía enviar por delante un emisa- rio, que, aproximándose al oído de Hércules, tocara la trompeta para desafiarle formalmen- te. Dos o tres de los pigmeos más sabios y venera- bles, que gozaban de gran experiencia en asuntos de Estado, afirmaron que la guerra ya había comenzado, por lo que estaban en todo su derecho de tomar al enemigo por sorpresa. Además, si Hércules despertaba y se ponía en pie, podría causarles innumerables daños antes de volver a ser derribado. Pues, como aquellos sabios consejeros observaron, el mazo del desconocido era realmente enorme y había caído cual rayo en el cráneo de Anteo. Por todo ello, los pigmeos decidieron dejar a un lado sus ridículos escrúpulos y atacar de in-
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