El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tanto si vivo como si muero, el honor de este gran país y la fama heredada de nuestros he- roicos antepasados seguirán incólumes. Pues, mientras pueda empuñar esta espada que ahora desenvaino, jamás, jamás, jamás, permi- tiré que estos sean mancillados, aunque la mano ensangrentada que mató al gran Anteo me obligue a morder el polvo de la tierra que me dispongo a defender con la vida. Y, diciendo estas palabras, el valiente pigmeo sacó su arma (cuya visión era terrorífica, pues era del tamaño de la hoja de una navaja), arro- jando su vaina sobre las cabezas de la multi- tud. Su discurso fue seguido de un estallido de aplausos, como indudablemente merecían su patriotismo y su espíritu de sacrificio; y los ví- tores y aplausos se habrían prolongado mucho más, de no haberlos hecho casi inaudibles la profunda respiración o, más vulgarmente, el profundo ronquido del agotado Hércules. Finalmente, se tomó la decisión de que la na- ción pigmea entera contribuiría a la destruc-
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