El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

de este pueblo, y acrecentará la gloria que hemos heredado de nuestros antepasados y que hemos reivindicado con orgullo en nues- tras batallas contra las grullas. El orador fue aquí interrumpido por una explo- sión de incontenible entusiasmo; y cada uno de los pigmeos gritó enfervorizado, afirmando que el honor de la patria debía ser protegido por encima de todo. Él saludó inclinando la ca- beza y, haciendo un gesto para pedir silencio, continuó la arenga pronunciando las siguien- tes admirables palabras: -¡Compatriotas! Solo nos queda decidir si ini- ciamos la guerra como una nación, todos uni- dos contra el enemigo, o elegimos a uno de nuestros campeones, famoso por sus anterio- res victorias, para que desafíe en singular combate al asesino de nuestro hermano Anteo. En este caso, aunque soy consciente de que existen pigmeos más altos que yo, me ofrezco voluntario para cumplir tan envidiable misión. Y creedme, queridos compatriotas,

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