El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
naba entre nosotros, sin que sus poderosos pasos nos pisaran ni la punta del pie. Y nuestro amado hermano, ese tierno y afectuoso amigo, ese fiel y valiente aliado, ese virtuoso gigante, ese inocente y bondadoso Anteo, yace sin vida. ¡Muerto! ¡Impotente! ¡Mudo! ¡Una simple montaña de barro! Perdonad mis lágrimas… Pero también las veo en vuestros ojos. Si inundáramos el mundo con ellas, ¿acaso podría alguien culpar- nos? “En pocas palabras, compatriotas, ¿dejaremos que este forastero malvado y traidor prosiga su camino incólume y victorioso hacia los con- fines de la tierra? ¿No vamos a obligarle a dejar sus huesos junto a los de nuestro her- mano asesinado? Y de este modo, mientras el esqueleto de Anteo conmemore eternamente nuestro dolor, el de Hércules servirá de ejem- plo ante los hombres de la terrible venganza de los pigmeos. Tengo la seguridad de que nuestra decisión servirá para reflejar el valor
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