El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

za y guiñando sus diminutos ojos. Y, cuando la respiración profunda y regular de Hércules les infundió la certeza de que se encontraba dor- mido, celebraron una multitudinaria reunión en un espacio de alrededor de dos metros y medio cuadrados. Uno de sus oradores más elocuentes (que además era un valiente gue- rrero, aunque no manejase ninguna arma tan bien como la lengua) se subió a una seta y, desde aquella elevada posición, se dirigió a la masa con estas palabras: -¡Pigmeos! Hemos sido testigos de la terrible desgracia que acaba de ocurrir y hemos visto de qué forma ha sido insultada nuestra na- ción. Allí a lo lejos yace Anteo, nuestro muy amado amigo y hermano, asesinado dentro de nuestras fronteras por un malvado granuja que, aprovechándose de su inferioridad, se enfrentó a él en una lucha tan encarnizada (si lo que hemos visto puede llamarse así) como jamás soñaron contemplar hombres, gigantes o pigmeos. Y, para hacer aún mayor su afren- ta, el muy bellaco se ha dormido tan tranquilo,

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