El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
sados huesos continuaran aún allí, confundi- dos con los de un elefante de tamaño asom- broso. Sin embargo, ¡cómo se lamentaban los pobres pigmeos viendo a su gigantesco hermano tan cruelmente tratado! Pero, si Hércules oyó sus apenados gritos, hizo caso omiso de ellos, pues posiblemente imaginó que eran apenas los lastimosos gorjeos de aquellos pajarillos que habían abandonado sus nidos asustados por el estrépito del combate. Sus pensamien- tos habían estado tan concentrados en el gi- gante que jamás había dirigido su mirada hacia los pigmeos, y no creo que conociera la existencia de una pequeña nación tan curiosa como aquella. Después de haber recorrido un largo camino y agotado por la lucha, extendió la piel de león sobre el suelo y, tumbándose sobre ella, se quedó profundamente dormido. Apenas vieron los pigmeos que Hércules se disponía a echar una siesta, empezaron a ha- cerse señales unos a otros, moviendo la cabe-
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