El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

truendo de su voz se había convertido en un murmullo. Pues la verdad era que Anteo esta- ba condenado a perder tanto su fuerza como su aliento vital a menos que tocara la Madre Tierra una vez cada cinco minutos. Hércules había adivinado su secreto; y será mejor para nosotros recordarlo, por si algún día nos vemos obligados a luchar contra un rival como Anteo. Esas criaturas nacidas de la tierra solo resultan difíciles de vencer en su propio medio, y se pueden manejar cómodamente si conseguimos elevarlas a una región más pura y noble. Y así lo demostró aquel pobre gigan- te, por el que no puedo evitar sentir una cierta lástima, a pesar de su forma de maltratar a los desconocidos que se acercaban a visitarlo. Cuando apenas le quedaban fuerza y vida, Hércules lanzó su inmenso corpachón por los aires, y Anteo fue a caer a más de un kilóme- tro de distancia, y allí quedó tendido sin más vida que una montaña de arena. Era demasia- do tarde para que la Madre Tierra corriera en su ayuda. No me extrañaría nada que sus pe-

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx