El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

gante en mil pedazos, que cayeron sobre los pigmeos y causaron muchos más daños de los que yo hubiera deseado. Y, antes de que Anteo pudiera apartarse, Hércules le sacudió otro violento mazazo que le hizo caer nueva- mente al suelo y aumentar el enorme vigor que ya poseía. Y no encuentro palabras para describir la intensidad de su cólera. Solo os diré que su único ojo se había convertido en un círculo de incandescentes llamaradas. Al no disponer de más arma que sus puños (cada uno de ellos de mayor tamaño que un tonel de doscientos veinticinco litros), los cerró con fuerza, golpeó el uno contra el otro, y empezó a dar saltos furiosos, mientras balanceaba sus descomunales brazos como si, además de matar a Hércules, pretendiera aplastar el mundo entero. -¡Vamos! -bramó el gigante-. ¡Deja que te dé un puñetazo en la oreja! ¡Seguro que no volverá a dolerte! Pero Hércules, a pesar de ser lo suficiente-

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