El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
pareció medir a Anteo con la mirada, sin mani- festar el menor asombro ante su estatura, como si hubiera visto innumerables gigantes en su vida y aquel no fuera el más grande de todos. En realidad, si el gigante hubiera sido del tamaño de los pigmeos (que miraban y es- cuchaban con gran atención lo que ocurría), el miedo de Hércules no habría sido menor. -¿Quién eres? -rugió Anteo nuevamente-. ¿Cómo te llamas? ¿Por qué has venido hasta aquí? Habla, vagabundo, o probaré la dureza de tu cráneo con mi bastón. -Eres un gigante muy grosero -respondió el desconocido sin perder la calma -. Es probable que tenga que enseñarte un poco de educación antes de que nos despida- mos. En cuanto a mi nombre, soy Hércules. Estoy atravesando tus dominios porque es el mejor camino para llegar al jardín de las Hes- pérides, donde debo coger tres manzanas de oro para el rey Euristeo.
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