El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
uno de sus paseos, suponiendo que caminara quince kilómetros y que cada una de sus zan- cadas avanzara cien metros, calculad cuánto aumentaba su fuerza. Siempre que se tendía en el suelo para reposar un poco, incluso le- vantándose al instante, adquiriría la fuerza de diez gigantes de su tamaño. Era una suerte para el mundo que Anteo fuera de naturaleza indolente y prefiriera la tranquilidad a la ac- ción, pues, si hubiera sido tan saltarín como los pigmeos y hubiese tocado la tierra tan a menudo como ellos, hace mucho tiempo que habría tenido la fuerza necesaria para bajar el cielo a la altura de las orejas de la gente. Pero era uno de esos torpes gigantes semejantes a montañas, no solo por su volumen, sino tam- bién por su aversión al movimiento. Cualquier otro mortal, excepto aquel que aca- baba de entrar en sus dominios, se habría muerto de miedo al ver su feroz aspecto y oír su atronadora voz. Sin embargo, aquel extraño ni se inmutó. Levantó descaradamente su mazo, sin dejar de balancearlo con la mano y
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