El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

naba su yelmo dorado y el brillante peto de la coraza refulgía; llevaba una espada en el cos- tado, una piel de león sobre la espalda y un mazo aún más grueso que el bastón de Anteo en el brazo derecho. Para entonces, toda la nación pigmea había podido ver aquella nueva maravilla, de modo que empezaron a gritar al unísono, con el fin de que su chillido resultara audible. -¡Arriba, Anteo! ¡Muévete, viejo perezoso! Se acerca otro gigante tan fuerte como tú con cara de pocos amigos. -¡Bobadas! ¡Bobadas! -protestó el soñoliento gigante-. Terminaré mi siesta, venga quien venga. El desconocido continuó acercándose y los pigmeos distinguieron con claridad que, si bien su estatura no era tan elevada como la de Anteo, parecía más ancho de hombros. ¡Y estos debían ser realmente asombrosos! Como ya os conté hace mucho tiempo, en una

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