El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
rior al de los hombres actuales. Cuando el pigmeo estuvo seguro de que sus ojos no le engañaban, corrió tan veloz como le permitieron sus piernas hasta el oído del gi- gante y, asomándose a aquella gigantesca ca- vidad, gritó con todas sus fuerzas: -¡Hermano Anteo, levántate enseguida y coge tu bastón! ¡Por allí viene otro gigante dispues- to a pelear contigo! -¡Qué tonterías dices, querido amigo! -gruñó Anteo-. ¿Acaso no ves que estoy durmiendo? No me levantaría por ningún gigante del mundo. Sin embargo, el pigmeo volvió a mirar y se dio cuenta de que el desconocido caminaba direc- tamente hacia la figura postrada de Anteo. Y, a medida que se aproximaba a ellos, resultaba más y más evidente que no se trataba de una montaña azulada, sino de un hombre inmen- samente alto. Pronto estuvo tan cerca que despejó toda duda: ahí lo tenían, el sol ilumi-
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