El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tremo del reino y sus pies sobrepasaban el otro. El gigante se acomodó lo mejor que pudo, mientras los pigmeos saltaban por todo su cuerpo, asomándose a la boca cavernosa o jugando entre los cabellos. Algunas veces se quedaba dormido, apenas unos minutos, y roncaba con la fuerza de un torbellino. Duran- te una de esas pequeñas cabezadas, un pigmeo logró trepar hasta su hombro y se dis- puso a contemplar el extenso paisaje que se abría en el horizonte, como si estuviera en la cima de una colina. Fue entonces cuando divi- só algo en la lejanía que le hizo restregarse aquellos puntitos diminutos y brillantes que le servían de ojos. Al principio, creyó que se tra- taba de una montaña, y se preguntó cómo ha- bría podido surgir tan súbitamente de la tierra. Pero pronto comprobó que aquella montaña se movía. Y, a medida que se iba acercando, empezó a adquirir forma humana, que, aun- que menos gigantesca que la de Anteo, era realmente enorme en comparación con los pigmeos, pues su tamaño era bastante supe-

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